| Hace unos días intentaba explicarle
a mi hijo lo que es liderazgo, en qué
consiste exactamente, cuales son sus principios fundamentales.
La hablé de la necesidad de predicar con el ejemplo, de
no esperar a que las cosas ocurran, de anticiparse a los acontecimientos,
de la preocupación por las personas, del equilibrio entre
el trabajo y la familia, del empeño en conseguir lo que nos
proponemos, de la necesidad de trabajar duro intentando hacer siempre
las cosas bien, y finalmente, de la valentía y el coraje
que se necesitan para analizarse uno a si mismo y corregir.
Y mientras le explicaba esto observando su perplejidad se me ocurría
que al final de todo el ejercicio, como resumen de la definición,
aparecía la síntesis de todo este despliegue de capacidades:
simple y llanamente ser una buena persona.
Y también me acordaba de la definición de buena persona
que nos enseñaban en el colegio y que consistía en
respetar a los demás, ser equitativo, no prejuzgar, ayudar
al prójimo, procurar el bien colectivo, ser compasivo, confiar,
no ser violento, ser prudente, reflexivo, coherente, no mentir,
cumplir la palabra dada, defender las propias ideas con valentía
y convicción, etcétera.
En la literatura de gestión de los últimos años
se insiste permanentemente en la necesidad de liderazgo para el
buen gobierno de las empresas y si se analiza el trasfondo de las
competencias propuestas para conseguirlo nos encontramos siempre
con valores de acción ligados al pensamiento moral y/o ético
e influido por ideas de enfoque claramente humanista.
La evolución de las empresas, muchas veces no acorde con
el desarrollo social, obliga cada día más a recuperar
las competencias que constituyen la definición de la bondad
de las personas, los negocios no se pueden dirigir con un enfoque
tecnócrata, herencia de la clásica organización
industrial, y que en su refinada versión moderna provocan
fenómenos tan repugnantes moralmente como el del “mobbing”
o acoso psicológico al empleado.
Tampoco es lógico considerar a las personas sólo como
un recurso para conseguir unos objetivos económicos.
Los profesionales y empleados en general, una vez superadas las
necesidades de renta básicas, y siendo conscientes de la
transacción de valor que llevan a cabo cuando prestan servicios
en una empresa, requieren cada vez más un trato personalizado,
que se les tenga en cuenta como personas y no solamente como productores.
Si asumimos que en cualquier empresa, por avanzada que sea su cultura,
siempre debe existir un cierto grado de orden en las relaciones
colectivas, nos aparece con mucha más relevancia la necesidad
de un liderazgo bondadoso, de un equilibrio entre protección
y exigencia, de un análisis justo entre medios y fines.
La capacidad de escucha activa, la de observar a nuestros compañeros
e informarles con objetividad sobre sus logros y sus posibilidades
de mejora, la de recibir con grandeza de espíritu los consejos
y observaciones de otros, la de evitar a toda costa la violencia
como sistema de corrección o como actitud personal, se erigen
en una necesidad prácticamente ineludible para poder asumir
adecuadamente un puesto de mando en cualquier empresa.
La perspectiva de ciertos valores que nos transmite, por ejemplo,
la Declaración Universal de Derechos Humanos, puede ser perfectamente
traducible a valores culturales para todas las empresas y no se
debe temer la proclamación de dichos valores como esenciales
para la convivencia y el desarrollo de cualquier negocio, ni a que
opiniones demasiado pragmáticas o cínicas intenten
echar por tierra estas propuestas.
Es necesario acompasar la evolución de la cultura de las
empresas a la evolución social, y si la historia se acelera
gracias sobre todo a la tecnología y las comunicaciones,
tenemos que ser capaces de adaptar las estructuras de nuestras organizaciones
a esa realidad.
Encontrar el talento muchas veces es encontrar a esas personas
capaces de encarnar valores que pueden sonar a heroicos pero que
son cada vez más necesarios para el buen funcionamiento de
los negocios.
Además la puesta en práctica de esos valores ha de
servir para elevar la ética a la categoría de comportamiento
en cualquier organización empresarial, abandonando la idea
de que la gestión de los negocios y la práctica de
una ética por y para las personas, se sigan considerando
en muchísimas ocasiones totalmente incompatibles
En definitiva y reconociendo que diferentes sistemas sociales,
como pueden ser los que rigen muchas empresas, requieren de unas
normas que regulen los comportamientos y ordenen las relaciones,
la búsqueda de esos valores que encarnan los que llamamos
buenas personas no es más que uno de los mejores modos para
conseguir los objetivos que se propongan.
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